Regalos K para el triunfo de Cambiemos

11.02.2016

Siempre el triunfo electoral guarda relación con logros propios y con la capitalización política de desaciertos del adversario. En este caso, Cambiemos se nutrió más de la magnificación de los equívocos del entonces oficialismo, que en la exposición de la propia propuesta política.

 

 

La fuerza triunfante supo guardar silencio mediante una entusiasta apelación discursiva al “cambio”, a la “alegría” y a la “felicidad”. Es decir, sus esfuerzos estuvieron orientados a construir una puesta en escena que remozara “frescura y transparencia” y que al mismo tiempo interpelara al electorado a ser partícipe en este proceso, a darse la oportunidad de formar parte de este indefinido cambio.

 

Ahora bien, para que esta puesta en escena resultara eficaz Cambiemos debía diseñar una estrategia de campaña cuyos anclajes visibles fueron la ostentación de los políticos contrincantes y la instalación de un incipiente proceso de cambio frente al supuesto “agobio” que traía aparejado el final de ciclo de doce años de gobierno kirchnerista.

 

Pero además dicha estrategia tenía una contracara oculta, que consistía en invisibilizar, con la ayuda del blindaje mediático, las deficiencias de la gestión gubernamental en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Teniendo en cuenta este doble nivel de la estrategia resulta interesante pensar sobre aquellos errores que el kirchnerismo no supo revertir a tiempo.

 

Equivocaciones de carácter coyuntural, otros relativos a conflictos internos del peronismo, y otros tantos ligados a la gestión de gobierno. Algunos ejemplos:

  • La persistencia de una creciente, aunque moderada, inflación que depreciaba el poder adquisitivo de los asalariados, en un simbólico abandono de los más vulnerables, pese a los acuerdos paritarios buscaban morigerar dicha depreciación;

  • La sostenida demanda de fracciones sociales asalariadas con respecto al impuesto a las ganancias, que tuvo el doble efecto de empequeñecer el rol de los sindicatos y alejar la base sindical;

  • El deterioro de las relaciones al interior del peronismo, en especial, las desavenencias con los gobernadores De la Sota y, en menor medida, Scioli. Discordancias que repercutieron en las gestiones de los gobiernos provinciales, resultando en un marcado descenso en el respaldo electoral;

  • El manejo confuso de los índices socioeconómicos (IPC, inflación, pobreza) desencadenando una crisis al interior del INDEC con consecuencias en la credibilidad de todo el gobierno;

  • Un estilo de gobierno que privilegió una estética de enfrentamiento y secretismo que hizo resentir el vínculo con franjas del electorado afín que no se supo volver a convencer con la oferta electoral.

Con estos deslices, el anterior gobierno nacional cedió la iniciativa política a Cambiemos, que privilegió un debate sobre las “formas” más que sobre los contenidos programáticos. La campaña electoral se centró en los “estilos de gobierno” más que en las ideas y proyectos para el futuro. “Diálogo”, “Equipo”, “Soluciones”, “Tarea conjunta”, “Unión”, quedaron mejor representadas por Cambiemos que por los esfuerzos del candidato del Frente para la Victoria.

 

Estrategia que resultó lo suficientemente exitosa como para desplazar la mirada de la mayoría de los electores, volviendo así intrascendentes en la balanza electoral los logros políticos alcanzados durante doce años de gobierno de los Kirchner.

 

 

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