El trabajo como protección

15.07.2016

Publicado en Revista UC, diciembre de 2015

 

Robert Castel, en sus desarrollos teóricos analíticos nos permite realizar una aproximación a la complejidad de los procesos de transformaciones estructurales que comenzaron a desplegarse en el orden global a partir de mediados de los años setentas. Asimismo con sus avances nos proporciona un conjunto de herramientas para pensar las resonancias de dichos procesos, en especial, aquellas que giran en torno a las formas que desde entonces comenzó a asumir la cuestión social, a las reconfiguraciones que se produjeron tanto en las formas de trabajo como así también en el conjunto de dispositivos de protección social. En sus intervenciones, algunas de las cuales reunimos en el presente número,  planteó un interrogante que no cesa de interpelarnos y que nos legó como desafío político a desentrañar, ¿Seremos capaces de defender la idea de conservar este acople “trabajo-protección”?[1] .

 

Toda búsqueda de respuesta a esta pregunta requiere una revisión de la historia reciente. En los últimas cuatro décadas asistimos a profundas transformaciones en la organización de lo social y en el mundo del trabajo como producto de un profundo cambio en el régimen de acumulación capitalista. Para ser más precisos, la materialización de un viraje en el modo de valorización del capital que desplazó al ámbito de la producción como espacio de realización del capital por el ámbito financiero.

 

Durante la “edad de oro del capitalismo”[2] se registró una combinación de crecimiento económico, altas tasas de productividad y ganancias, y una ocupación casi plena. Estos factores, desplegados en un contexto geopolítico de Guerra Fría, constituyeron las condiciones de posibilidad para el desarrollo de un tipo particular de organización societal conocido como “sociedades aseguradoras”, en cuyo seno la organización y  funcionamiento del Estado también asumían modos relacionales particulares, los “Estados sociales”.

 

Sociedades en las cuales funcionaba determinada seguridad social que se constituía a partir ciertas “protecciones sociales” y “redes de seguridad”, un tipo de seguridad conformada por un entramado de prestaciones e instituciones sanitarias y sociales (Asistencia social, educación, salud, previsión social, etc.) que cubrían a los individuos de los principales riesgos que podían erosionar o deteriorar sus situaciones de vida. De manera concomitante, los Estados modulaban la relación capital-trabajo, es decir, intervenían como mediadores y reguladores del conflicto, al mismo tiempo que proporcionaban mayores protecciones. En este sentido, otorgaban a los sujetos una mayor previsibilidad, certeza y capacidad para anticipar el porvenir. Esto era posible mediante la inscripción de los individuos a colectivos protectores que los sujetaba a reglamentaciones, pero al mismo tiempo los dotaba de un estatuto jurídico.

 

La inscripción o reinscripción de los individuos en sistemas de organizaciones colectivas, constituyó una respuesta a la disociación social que conllevó el pasaje a la modernidad. En este contexto fueron creados los derechos sociales y se incrementó la implicancia del rol del Estado en lo social. En este sentido, el Estado y los grupos profesionales homogéneos (colectivos), constituyeron los dos pilares en los cuales se apoyaron los sistemas de protecciones colectivas. Dichas protecciones arraigaban a los sujetos a cierto modo de hacer, y al mismo tiempo instituían en el mundo simbólico un conjunto de representaciones sociales que referían a la valorización social de estos haceres, ligándolos a cuestiones relacionadas con la valía, el honor, la dignidad y el respeto de las personas, proporcionando de esta manera una mayor densidad y consistencia al entramado social.

 

Durante este período, la condición salarial funcionó como nexo integrador de la clase obrera. Si bien la sociedad funcionaba de modo inclusivo, esto no saldaba la existencia de desigualdades, pero tener un empleo en esta época convertía al trabajador en un sujeto portador de una serie de derechos y garantías que le proporcionaba un mínimo de seguridad sobre el futuro. Le permitía proyectar y aspirar a mejorar las condiciones de sociabilidad propias y de las nuevas generaciones en su familia.

A partir de los años 70 este sistema de protecciones comienza a resquebrajarse producto de las transformaciones estructurales, se inician los procesos (cuyas nominaciones comienzan con el prefijo des) de des-empleos y con ellos la des-colectivización, la des-afiliación, la re-individualización, la flexibilización laboral, el incremento de los niveles de des-composición social, se produce un desplazamiento de los lazos de solidaridad por la competencia y como resultante de todo esto, la lógica del mercado se expande a ámbitos en los cuales antes imperaba el compromiso social, en suma, crece la inseguridad social.

 

El Estado comienza un proceso de des-inversión, de promover políticas universales pasa a aplicar políticas focalizadas, como producto de la transformaciones en las racionalidades políticas. La des-estandarización del trabajo: ya no se organiza al modo de largas cadenas de operaciones estereotipadas (taylorismo-fordismo), se pasa a una responsabilización de cada individuo o grupo pequeño por proyectos (toyotismo). El trabajador debe volverse empresario de sí mismo, debe afrontar por su cuenta las contingencias de su recorrido profesional, devenido ahora en discontinuo. Es más vulnerable porque ya no está sostenido por los sistemas de regulaciones colectivas, debe adaptarse a los contextos cambiantes y para ello debe capacitarse de manera permanente. En este nuevo régimen capitalista, se produce un enfriamiento del vínculo social.

 

¿A qué se refiere Castel cuando habla del enfriamiento del vínculo social? En realidad se está refiriendo a procesos de deslizamiento hacia zonas de exclusión, donde aquellos modos de integración y de sociabilidad propios de la sociedad aseguradora se erosionan, afectando principalmente a la clase obrera, pero también a las fracciones medias. Es decir, con este enfriamiento de los vínculos sociales se produce un ascenso de la vulnerabilidad, en la emergencia de procesos de des-afialicón de los colectivos que promovían una integración y pertenencia social (caen los niveles de sindicalización); procesos de des-integración y des-inversión social como producto el debilitamiento de los soportes relacionales que facilitaban la inserción social a los trabajadores y que hasta entonces les brindaba protección y seguridad social. Pensemos en el desempleo, el incremento de éste -en niveles importantes- juega un papel desestabilizador en las relaciones laborales, no sólo va a afectar a quien pierde el trabajo sino también a quienes todavía lo conservan, entre estos, especialmente  aquellos que están próximo a jubilarse, y a quienes todavía no han ingresado al mercado laboral. El desempleo se instala como una posibilidad de efectivizarse, como un fantasma en la realidad que afecta a todos. La posibilidad de quedar sin trabajo, y con ella la posibilidad de quedar por fuera de cierta circulación social,  comienza a ocupar mayor relevancia en el horizonte de pensamiento de cada sujeto. Este miedo a quedar desempleado merma la capacidad de resistencia de los sujetos, facilitando la imposición de mecanismos de flexibilización y precarización laboral, y como correlato, a mayores niveles de explotación y privaciones sociales. Es decir, una flexibilización en relación al desarrollo de las tareas: mayor cantidad de horas trabajadas,  sistemas de turnos rotativos, compensaciones, mayores niveles de explotación. Una precarización en la modalidad de contratación: fin del contrato por tiempo indeterminado, acompañado por un auge de los contratos basura (contrato a prueba, las pasantías, etc.). Cuando hablamos de informalidad, hacemos referencia al aumento de formas de trabajo no estable, trabajo no registrado, trabajo por cuenta propia, subempleo.

 

Como consecuencia de estas profundas transformaciones, se establecen las condiciones de aquello que Castel denominó el retorno de las “clases peligrosas”. Comienzan a visualizarse una realidad en la que se conjuga marginalidad, aislamiento social y pobreza,  y como resultado el confinamiento e inmovilización espacial y social de los pobres. De modo que se generan bolsones de pobreza, es decir, barrios marginados donde la inseguridad social y la inseguridad civil se superponen y retroalimentan, sustentando a nuevos procesos estigmatizadores. El retorno de las “clases peligrosas”, es decir, la cristalización en estos grupos particulares -situados en los márgenes sociales-, como los portadores de todas las amenazas que entraña en sí para una sociedad. Lo que en las sociedades pre-modernas recaía en la figura del “vagabundo”, en la sociedad moderna del siglo XIX en la figura del “proletariado industrial”, en la sociedad post salarial es depositado en  el “excluido”.

 

Nuestro gran desafío de hoy es pensar los instrumentos políticos, pensar nuevas racionalidades políticas que nos permitan revertir estos efectos regresivos. En este sentido, el interrogante con el que iniciamos este artículo nos proporciona una pista para transitar y construir este camino.

 

 

[1] Conferencia de Robert Castel organizada por la Confederación General del Trabajo (CGT) y el Centro de Estudios Laborales y Sociales del Instituto Torcuato Di Tella (ITDT) en el marco de la Cátedra UNESCO sobre las manifestaciones actuales de la cuestión social, con el auspicio del Servicio de Cooperación y Acción Cultural de la Embajada de Francia en Argentina. Buenos Aires, Confederación General del Trabajo (CGT), 3 de septiembre de 2008.

 

[2] Designación que utilizó el historiador británico Eric Hobsbawn para hacer referencia al período que se extiende entre finales de la segunda guerra mundial hasta la crisis del petróleo ocurrida a mediados de los años setentas.

Please reload

Entradas destacadas

¿Qué se entiende por inseguridad?

September 11, 2016

1/6
Please reload

Entradas recientes

03.09.2016

19.01.2016

Please reload

Archivo